viernes, 26 de mayo de 2017

LUPA: relato completo y revisado



¡Hola, amigos!

¿Qué tal? Yo sigo tranquilita, repasando una novela infantil que espero publicar este verano y escribiendo al mismo tiempo la que sera la segunda entrega de la colección Reinos fantásticos. Ya sabéis que la primera fue El poder del medallón.

Esta semana no os traigo un relato nuevo, sino que, gracias a los consejos de nuestra colega y amiga Ana Traves, de Con una pluma en mis manos, he decidido añadir dos breves escenas al relato de Lupa.

Sin más dilación, aquí os lo dejo:



LUPA

Noemí Hernández Muñoz



Princesa la vio entrar en el club, evaluando el local con una mirada rápida nada más cruzar la puerta. No le sorprendió verla allí.

La llamaban la Loba porque sólo salía a bailar las noches de luna llena. Sobre ella circulaban todo tipo de rumores. Algunas de las chicas más novatas decían que era capaz de llevar a un hombre al paraíso y que el cliente que pasaba una noche con ella ya no volvía al club. Las más veteranas, más desconfiadas, decían que los chantajeaba, seguramente con fotos. En cualquier caso, Princesa sabía que ella era la mejor.

No es que fuera la más puta de todas las putas, sino que tenía algo en la mirada que hacía enloquecer a los hombres. Cuando volaba en la barra americana con la lencería más fina no parecía en absoluto una prostituta. Era elegante. Sus movimientos estaban estudiados hasta el más ínfimo detalle, como si fuera una acróbata del Circo del Sol.

Princesa no sabía su verdadero nombre. En realidad, nadie lo sabía. Tampoco su historia. Era un auténtico misterio. Todas las chicas que acababan allí solían llegar por los mismos motivos: padres o novios maltratadores, a veces por drogas. De un modo u otro, acababan en la calle sin un céntimo al cumplir los dieciocho, algunas incluso antes. Entonces, el jefe las acogía como si fueran perritos abandonados y les daba trabajo. Primero, como camareras, después como bailarinas y, por último, como prostitutas. La mayoría habían pasado por las tres fases. Rara vez se saltaban alguna.

Lo curioso era que la Loba no parecía compartir esa experiencia. El jefe la respetaba más que a nadie y nunca le había exigido pasar una noche con ella para «probarla», como había hecho con Princesa y con todas las demás. Y nunca se llevaba el 70% de sus beneficios, sino que le daba sus ganancias íntegras. Era como si la temiera.

A Princesa no le extrañaba. Había algo en la mirada negra de la Loba que intimidaba, algo poderoso y primigenio, antiguo como el mismo mundo. Y eso asustaba. Asustaba mucho. Pero ella se había prometido desentrañar aquel misterio. Lo descubriría, costase lo que le costase.

Mientras meditaba sobre estas cosas, la Loba pasó junto a ella sin mirarla en dirección a los camerinos, a pasos tan ligeros que cortó el aire. Princesa la siguió con la mirada, sintiendo en el ambiente su olor, almizcleño y salvaje.

La observó mientras ocupaba uno de los asientos ante el tocador y se retocaba el maquillaje. Las otras chicas se apartaron de forma instintiva, lanzándole miradas de reojo. «Le tienen miedo», meditó Princesa. «No es normal y eso se nota».

Poco a poco, las chicas fueron cortando su parloteo y se marcharon. En apenas unos minutos, el camerino se vació hasta que solo quedó la Loba. Aquello sólo fue la confirmación de los pensamientos de Princesa. La Loba tenía algo. No sabía lo que era, pero lo descubriría.

Como si hubiera oído sus pensamientos, la Loba giró la cabeza hacia ella y la miró. Desde el marco de la puerta del camerino, Princesa sintió que se sobresaltaba. La fuerza de aquella mirada era aterradora. Se obligó a mantener la compostura.

—Te toca salir en media hora —le dijo, fingiendo un tono ligeramente autoritario. La voz le flaqueó ante aquellos ojos negros—. ¿Estás... estás nerviosa?... —añadió con un tono mucho más amable.

«¡Imbecil!», se riñó mentalmente. «No podías haber hecho nada más idiota...».

Para su sorpresa, la Loba esbozó una leve sonrisa y a sus ojos asomó cierto brillo burlesco. Princesa nunca la había visto sonreír. Tampoco hablar. Pero aquella noche hizo las dos cosas. Sin saber por qué, se estremeció al oír su respuesta:

—Son ellos los que deberían estar nerviosos.

* * *

La Loba realizó su baile habitual en la barra. Su cuerpo, brillante de aceite perfumado, se movía al compás de la música, giraba y se contoneaba con una elegancia seductora que ninguna otra de las chicas sabía imitar.

Princesa la observó embelesada, al igual que los hombres, que habían callado súbitamente sólo para estudiar su danza con la mirada. Y, mientras bailaba, la Loba paseaba la mirada por todos y cada uno de ellos. Sus ojos negros parecían abarcar toda la sala, hipnotizándolos con un hechizo invisible. Durante un instante, esa mirada se detuvo en los ojos de Princesa, que se estremeció de la cabeza a los pies. Fue sólo un instante, pero a la joven le dio la sensación de que, si ese contacto visual hubiera durado unos segundos más, habría descubierto su secreto.

La canción fue llegando a su fin. La Loba ralentizó sus movimientos y se apoyó contra la barra con el cabello revuelto sobre un hombro. Cuando la pieza lanzó el último acorde, su mirada se detuvo en uno de los hombres. Princesa lo conocía. Lo había atendido varias veces. Era uno de los clientes más habituales. Sus gustos eran peculiares. Siempre requería los servicios de las chicas más jóvenes y, además, les exigía ciertas características de vestuario y actitud. Al igual que las demás chicas, Princesa lo odiaba y lo evitaba cada vez que podía. No sólo por su aspecto de viejo baboso y barrigudo, pues a eso estaba todo lo acostumbrada que se podía estar, sino por su sadismo. Las veces que lo había atendido había acabado marcada. Una vez, le había arrancado varios mehones de pelo y en otra ocasión le había golpeado las nalgas con tanta fuerza que había acabado llena de cardenales. Pero, sin duda, lo más humillante fue cuando se orinó sobre ella y la abofeteó cuando intentó apartarse.

Le habría gustado advertirle a la Loba que aquella no era buena opción como cliente. Era cierto que dejaba mucho dinero por una sola noche, más que ningún otro, pero no merecía la pena perder la poca dignidad que les quedaba por eso. «Al Baboso sólo le gustan las más jóvenes», pensó Princesa. «La Loba es bastante mayor que yo. No la elegirá».

El final de la música la arrancó de sus pensamientos porque se escuchó lo que nunca había en ese local: el silencio. El parloteo habitual de los clientes y el ruido de los cubitos de hielo al caer sobre las copas había terminado de repente y se respiraba una magia que sólo la Loba era capaz de crear.

Princesa se preparó mentalmente para el ritual que ya había visto tantas veces. Los clientes salieron poco a poco de su embeleso y apuraron un trago sin apartar la mirada de la Loba, que seguía en el escenario, apoyada todavía sobre la barra, con el pecho subiéndole y bajándole de manera casi imperceptible con cada respiración y la piel brillante bajo los focos.

Conteniendo el aliento, Princesa puso toda su atención en comprobar si se cumplía la siguiente ceremonia. Cada vez que el bar se recuperaba de su actución, el cliente al que había mirado en último lugar se levantaba y se dirigía hacia ella. No creía que lo fuera a conseguir esta vez. El rostro de la Loba era demasiado decidido, demasiado maduro como para que pudiera atraer al Baboso.

Para su sorpresa, el Baboso se levantó tambaleante y avanzó hasta el escenario a pasos torpes. Princesa, entre bastidores, aguzó el oído para oír lo que pudiera decirle, pero no habló, se limitó a contemplar a la Loba como si estuviera en éxtasis y a depositar un billete de quinientos euros a sus pies.

Aunque la Loba le daba la espalda, Princesa casi pudo intuir que esbozaba esa leve sonrisa de nuevo, la misma sonrisa que le había dedicado a ella en el camerino. Entonces, recordó lo que le había dicho: «Son ellos los que deberían estar nerviosos».

Vio cómo la Loba se inclinaba desde la altura del escenario y susurraba algo en el oído del Baboso, que asintió, con las orejas enrojecidas. La joven se preguntó qué podría haber hecho sonrojar a ese cerdo como si fuera un adolescente salido. No tuvo tiempo de darle más vueltas. Tenía que prepararse para la siguiente fase, aquella en la que la Loba se llevaba al cliente fuera del club y todos perdían la pista de lo que sucedía con él. 

Nerviosa, comprobó que aún conservaba las llaves del coche del jefe en el bolsillo de la chaqueta. Se las había birlado una hora antes precisamente para resolver el enigma.

Mientras las apretaba dentro del bolsillo, la Loba pasó junto a ella en dirección a los camerinos, dejando de nuevo ese olor salvaje tras de sí. Al pasar, la miró a los ojos y esbozó esa sonrisa tan extraña que llenaba su mirada de un misterio amenazador. Princesa agachó la cabeza, incapaz de sostenerla.

Al poco, la Loba salió con su traje de batalla, compuesto por una blusa corta y escotada, unas minifaldas, medias de red y una chaqueta de cuero. Se reunió con el Baboso en la entrada del bar, lo tomó del brazo y salieron juntos. Al cerrar la puerta, le dedicó a Princesa una última mirada.

La joven se estremeció. ¿Aquello era una invitación o una advertencia? Sin pensarlo dos veces, Princesa se dirigió hacia la salida tras ellos. «¡Esta noche lo descubriré!», se prometió. Abrió la puerta de un tirón, pero, antes de salir, no pudo evitar mirar atrás. Su mirada se perdió en aquel ambiete lúgubre de luces destellantes donde los hombres eran los amos y las mujeres las esclavas. Aquello era todo cuanto conocía desde que tenía dieciséis años. Se preguntó si hacía lo correcto al seguir a la Loba. Intuía que una vez que lo hiciera, no habría vuelta atrás. Tenía miedo, pero estaba segura de que no podría pasarle nada peor que eso.

Sin perder un instante más, Princesa cerró la puerta del club y salió tras la pista de aquella mujer, ocultándose tras los coches para evitar que la vieran.

Un poco más adelante, vio al Baboso, abriendo la puerta de su coche e invitando a la Loba a entrar. Un perro callejero que había estado buscando comida en un contenedor cercano se acercó a la mujer, ladrando amenazador.

El Baboso realizó un gesto protector ante ella, pero resultó innecesario. Bastó una mirada gélida de la Loba para que el animal agachara la cabeza y se marchara gimoteando con el rabo entre las patas. Asombrada, Princesa dejó escapar una exclamación de asombro. De inmediato, se ocultó mejor tras un Mercedes, temerosa de ser descubierta. «¿Qué demonios acaba de pasar?», se preguntó. 

* * *

Llevaba conduciendo más de dos horas. Princesa no sabía a dónde se dirigían, pero comenzaba a pensar que todo había sido una mala idea. En más de una ocasión había estado a punto de cabecear al volante, pero no había perdido la pista del otro coche.

No sabía por qué se alejaban tanto de la ciudad. Habían dejado atrás la urbe hace tiempo, así como las salidas de la autovía a los primeros pueblos. En un determinado momento, el coche en el que viajaba la Loba había tomado una y Princesa lo había imitado. Desde entonces, viajaban por carretera dejando atrás una población tras otra. Lo único que se mantenía era el continuo ascenso y las lucecitas rojas de los pilotos del coche del Baboso. Daba la sensación de que eran los únicos habitantes del mundo, moviéndose por aquellas carreteras curvadas como sierpes en mitad de la nada, con la luna siguiéndolos por el cielo.

Princesa notaba que la presión le había taponado los oídos. No le gustaba conducir de noche y menos por zonas desconocidas en la sierra, rodeada de pinos. Aquello la hacía sentir aislada. Si ahora tuviera que dar la vuelta, estaba segura de que no sabría cómo volver al club. Se obligó a mantenerse alerta cuando su presa tomó un desvío para seguir su camino por una carretera secundaria. La joven lo imitó y aceleró un poco para no perderlo.

El asfalto era viejo y había muchos baches. Aquello la ayudó a mantenerse despierta. Comprobó el indicador de combustible y vio que, si seguía ese ritmo, en poco tiempo estaría conduciendo en reserva. «¡Mierda! Lo que me faltaba...», se dijo. «Espero no quedarme tirada».

Al poco, notó que los socavones se hacían más abundantes y pronunciados y que el coche del Baboso reducía la marcha. Antes de acercarse demasiado, cortó las luces del suyo, casi por instinto. No quería que descubrieran que los seguía. Los baches continuaron y Princesa se dio cuenta de que el asfalto se había acabado y ahora estaban en un camino de tierra.

«Esto es tomarse demasiadas molestias para echar un polvo», pensó.

Una vez más, meditó cuál sería el motivo. La Loba era la única que atendía a los clientes fuera del club. Todas los demás lo hacían en las salas VIP. ¿Por qué el jefe se lo permitiría?

Poco a poco, un bulto lejano en la oscuridad fue tomando forma a medida que se acercaban. Era una cabaña. Princesa fue dejando que su distancia con el coche del Baboso aumentara. Intuía que, al fin, estaba a punto de desentrañar el misterio. No se equivocó. El vehículo de los otros se detuvo junto a la cabaña. El Baboso salió a toda prisa y abrió la puerta del copiloto con cierta caballerosidad para ayudar a bajar a la Loba.

Princesa pisó el freno y cortó el contacto. La noche era especialmente silenciosa entre las montañas y no quería alertarlos de su presencia. Esperó a que entraran en la choza y entonces salió.

A lo lejos, el aullido de un lobo rasgó el silencio y se estremeció. Tratando de no pensar en ello, se acercó a la choza con sigilo, cuidando de no tropezar. La luna llena brillaba en el cielo y alumbraba lo suficiente para ver por donde andaba, pero los tacones entorpecían su paso y se los tuvo que quitar. Dolía andar descalza entre las piedras, pero era más fácil.

Conforme se aproximaba a la única ventana de la cabaña, un súbito miedo le pellizcó las entrañas al pensar en lo que podría descubrir. Se detuvo un instante y miró hacia el coche. Era demasiado tarde como para echarse atrás y lo sabía. Al fin, la curiosidad pudo más y se asomó al cristal.

* * *

En el interior, iluminado por velas, la Loba se mecía al son de una música inexistente. El Baboso, sentado en un sillón viejo y raído la observaba con un embeleso impropio de una persona cuerda. Al menos, así lo imaginaba Princesa, que sólo veía su cabeza calva por la espalda y sus brazos apoyados sobre el tapizado del sillón.

Poco a poco, la Loba empezó a quitarse la ropa. Primero, las botas altas, seguidas por la blusa. Siguió meciéndose con lentitud, mientras el Baboso permanecía inmóvil. Luego, su minifalda cayó al suelo. Desde fuera, Princesa pudo oír el golpe de la hebilla del cinturón al llegar al suelo. Casi tan fascinada como el viejo sádico, siguió contemplando aquella danza sensual y extraña.

La luz de las velas dibujaba formas misteriosas sobre el cuerpo de la Loba, que se desprendió de las medias red y la lencería. De nuevo tenía aquella mirada, enigmática y amenazadora, que le había visto en el club.

El baile duró unos minutos más. A Princesa se le antojó que su silueta era borrosa bajo esa luminosidad roja y tambalenate. Pero su fascinación por la gracilidad de sus movimienos no disminuyó. Al mismo tiempo, le pareció notar, incluso desde fuera de la cabaña, que el olor a almizcle de aquella mujer se hacía más intenso y lo invadía todo. Era un olor salvaje, peligroso, que le hizo sentir miedo.

Pensó en apartarse de la ventana y volver al coche. Era evidente que sólo estaba haciendo un streptease privado y que todo acabaría en una noche de sexo. No había nada de raro en eso. Pero el instinto le decía que había algo más, un secreto horrible que no tardaría en descubrir y que le cambiaría la vida por completo. Por primera vez desde que había iniciado aquella aventura, temió por su vida de verdad. Pero la curiosidad pudo más y se forzó a permanecer espiando a través de la ventana aun a riesgo de ser descubierta.

Mientras dudaba, la Loba detuvo su balanceo de forma repentina. Princesa tragó saliva, notando que ese olor se intensificaba y la figura de aquella mujer se volvía más borrosa que nunca. Le pareció que toda aquella escena que siguió después se sucedía a camára lenta. Ni siquiera se dio cuenta de que los aullidos de los lobos sonaban cada vez más cercanos.

La Loba caminó los pasos que la separaban del Baboso, que abrió los brazos para recibirla en su regazo. Ella se sentó a horcajadas sobre él y le acarició una mejilla al tiempo que lo miraba a los ojos.

Desde su posición, Princesa desentrañó la malignidad de esa mirada. Pero aquello no fue lo más insólito. Princesa no podía dejar de mirar la mano que la Loba había puesto sobre la mejilla del Baboso.

«Le han crecido las uñas desde que salimos del club», pensó tontamente.

Pero lo cierto era que las tenía más largas. De hecho, su mano parecía más grande, la misma Loba parecía más alta y fuerte que antes.

Princesa agitó la cabeza, tratando de sacudirse aquellos pensamientos ridículos de la cabeza. «Estoy demasiado cansada. Es eso», se dijo, tratando de convencerse de que todo aquello era tan irreal como parecía.

En el interior de la cabaña, el Baboso posó una mano sobre uno de los pechos de la Loba con cierta timidez, como si aquella fuera su primera vez. Ella esbozó de nuevo aquella sonrisa llena de misterio y amenaza. Desde fuera, Princesa se estremeció.

«Lo va a matar», supo en ese mismo instante. «¿Cómo no se da cuenta? ¡Lo va a matar!».

Durante un instante, dudó si entrar para impedir aquello que estaba segura de que sucedería. Pero permaneció quieta y con la respiración agigitada. Iba a ver morir a un ser humano. Pero ese ser humano era el Baboso. Era uno de esos hombres que maltrataban y despreciaban a las mujeres, de esos que creía que unas monedas compensaban una humillación, de esos que pensaban que una violación era sexo. Princesa respiró hondo una, dos, tres veces y se dispuso a contemplar el resto.

En ese mismo instante, la Loba apretó un poco más la mano sobre la mejilla de su presa. Princesa ahogó un grito de sorpresa. Aquella mano había vuelto a agrandarse. Sus uñas eran largas como garras y se clavaban sobre la piel del Baboso, que acariciaba su espalda como si no se diera cuenta de lo que sucedía.

Princesa notó un movimiento junto a ella y se sobresaltó. ¡Los lobos la habían rodeado! Se estaban sentando ante la puerta y la ventana de la choza, como si esperaran algo. La joven observó a uno que se había sentado a su lado. Parecía tanquilo. Ni siquiera la había mirado, pero sabía que era imposible que no se hubiera percatado de su presencia. Sus ojos amaillentos miraban a través de la ventana, expectantes.

«¿Qué está pasando?», pensó, inquieta. La intuición le decía que aquellos animales no iban a hacerle daño, pero, al mismo tiempo, era capaz de sentir el olor del peligro en el aire. Sin poder evitarlo, volvió a espiar a través del cristal.

La expresión de la Loba cambiaba por instantes. Ya no ocultaba su amenza bajo una máscara de misterio. Princesa casi pudo sentir cómo el rostro del Baboso pasaba de la adoración al miedo mientras la Loba sonreía inquietante. Su cuerpo mutó con una convulsión y de nuevo a Princesa le pareció que crecía. Pero esta vez, lo había visto.

El Baboso trató de quitarse a la Loba de encima, pero ella lo retuvo y, con un poderoso movimiento, hundió la cabeza en el hueco de su cuello.

Princesa observó cómo los brazos de su víctima se contraían en espamos defensivos y después caían con la flacidez de la muerte a ambos lados del sillón.

La joven temblaba, pero, en el fondo, no había sentido nada. No podía sentir pena por él. Permaneció unos segundos que parecieron eternidades frente a la ventana. A su lado, los lobos agitaban la cola y aullaban. Algunos de ellos se habían levantado y paseaban inquietos. Por el contrario, ella no era capaz de moverse. Entonces, la Loba levantó la cabeza y la miró a través del cristal, con el rostro teñido por la sangre. Princesa sintió en lo más profundo de su ser su regocijo y comprendió la mirada que le había dedicado al salir del club. «Sabía que la seguiría», pensó.

La mujer-lobo esbozó una sonrisa con sus rasgos semihumanos. Princesa sabía que debería sentirse asustada, pero no era así. Siguió observando aquellas facciones mutadas hasta que se completó su transformación. Ni siquiera apartó la mirada cuando la vio comer.

Unos minutos después, la Loba salió de la cabaña. De nuevo, su cuerpo había adoptado proporciones humanas, pero en su cara y sus brazos aún quedaban restos de sangre. Princesa la esperaba fuera, todavía junto a la ventana.

La Loba se acercó a ella, sonriendo. Por primera vez, su sonrisa le pareció amistosa de verdad. Los lobos se arremolinaron a su alrededor, como si fueran perros mansos, y ella los acarició sin apartar la mirada de Princesa. Después, los animales penetraron en la choza para continuar el festín.

—Me alegro de que hayas venido —dijo la Loba, al cabo, con una voz más grave y ronca de lo que la joven recordaba—. ¿Me ayudarás a ocultar los restos?

Princesa asintió, sobrecogida y curiosa a un tiempo. Se sentía como una niña descubriendo un juego nuevo.

La Loba dio unos pasos hacia ella y la abrazó. Princesa aspiró su olor potente y salvaje y cerró los ojos cuando le mordió el cuello con suavidad. El contacto la estremeció de excitación y, cuando los labios de la Loba se separaron de su cuello, sonrió.

La Loba la miró a los ojos con expresión alegre y Princesa notó cómo se extendía por sus venas un poder primigenio que la llenaba de exultación y la hacía jadear de placer. Entonces, la Loba la besó y Princesa degustó el sabor de la sangre del Baboso y la de todos los malnacidos que le habían hecho daño. Se entregó a aquel beso con placer, poniendo su alma en ello. Supo que esa no sería la última noche que bebería del néctar de la venganza.




¿Qué os han parecido los añadidos? Espero que esta segunda versión os haya gustado más. 

Si queréis leerla con más tranquilidad, ya sabéis que podéis descargar el relato en pdf.

Eso es todo por hoy, amigos.

¡Hasta la próxima!

6 comentarios:

  1. Fabuloso, Noemí!!!! No se cómo era el relato en su extensión original, pero tal como está me ha encantado y subyugado a partes iguales, no he podido ni pestañear hasta llegar al final.

    Te dedico un admirado aplauso :)

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    1. ¡Mil gracias, Manoli! No sabes la ilusión que me hace que te haya gustado, sobre todo, teniendo en cuenta que tú también escribes. Beinvenida al blog.
      ¡Un abrazote!

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  2. ¡Anda! No esperaba más capítulos! Me ha gustado mucho! ^_^

    Un besote!

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    1. Cómo me alegro de que te hayan gustado los añadidos! Lo cierto es que al terminar de repasar el relato, me pareció que, de pronto, era un rollazo después de lo mucho que me había gustado la primera vez. Supongo que eso nos pasa a todos, no?
      Un abrazote!😊

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  3. Wow, amiga! Te ha quedado genial!! Ahora sí que veo el relato completo. La esencia que los cánidos reciben de muchos de nosotros es tan esquiva para nosotros que muchas veces solo la vemos como presentimientos o sensaciones, pero que para ellos es tan real y sólida que el hecho de que la adviertan los convierte en unos animales espectaculares, igual que tú personaje.
    Un abrazote, guapa!

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    1. Cómo me alegro de que te haya gustado el resultado final! Mil gracias por tus consejos.
      Un besote!😊

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