viernes, 17 de febrero de 2017

Montserrat. Segunda parte

¡Hola, amigos!

Sé que prometí que la segunda parte sería el final de este relato, pero me ha resultado imposible terminarlo. Es más largo de lo que imaginaba en un principio, así que hoy os traigo la segunda parte. Para el próximo viernes os traeré la tercera y última. ¡Palabra de honor!

De momento, os dejo la continuación. Y si queréis refrescar la memoria, podéis leer la primera parte pinchando aquí.

Sin más dilación, os dejo con el relato:


MONTSERRAT

(Segunda parte)

Noemí Hernández Muñoz






Lucas reaccionó bien durante la comida. Daba la sensación de que se espabilaba por momentos y volvía a ser el mismo. Incluso se rio con las bromas de Tomás. Como no dio muestras de sentirse peor, decidieron seguir con la ruta que se habían marcado.


El malhumor parecía haberse esfumado y las lágrimas de La Moreneta habían quedado muy atrás. Ante ellos sólo había un paraíso de árboles tan tupido que les tapaba el cielo y un camino que suponía un reto. En una ocasión tuvieron utilizar las cuerdas y los pies de gato para superar una pequeña pared rocosa que les impedía continuar. Tomás era un experto manejando los mosquetones y las vías de escalada y Ana ya había hecho alpinismo con él en varias ocasiones, por lo que no les supuso el más mínimo problema superar aquella barrera e instruir a Marta y Lucas.

También rodearon con prudencia un barranco de más de sesenta metros de caída, admirando la belleza salvaje de aquel paisaje. La resina de los pinos iba calando su ropa dejándola pegajosa, pero su aroma los llenaba de armonía.

Conforme se fue alargando la tarde, Lucas se fue encerrando en un hosco mutismo. Los demás se preocuparon al principio por si había regresado aquel shock tan extraño, pero cuando le hablaban el muchacho respondía con tono distraído.

—Sólo está cansado. ¡Es un debilucho! —bromeó Tomás—. Ya sabía yo que Marta tendría más aguante... Te he ganado la apuesta, Ana.

Las dos hermanas rieron por su ocurrencia y Lucas gruñó por lo bajo.

Un par de horas antes del ocaso, los rayos de sol perdieron fuerza bajo el manto vegetal de Montserrat y una leve niebla empezó a enseñorearse de la zona. Tomás decidió que era el momento de encontrar un lugar para acampar antes de que se espesase en torno a ellos.

Una vez montadas las dos tiendas y encendido el fuego, buscaron la cena entre las provisiones. Entre bromas y quejas sobre las agujetas que tendrían al día siguiente, Tomás percibió de nuevo aquella expresión ausente de Lucas, que permanecía sentado en el suelo con la mirada perdida y la cabeza ladeada como si escuchara algo. Aún sostenía intacto el bocadillo que le había dado Marta.

—Lucas, ¿no comes? —le preguntó.

Como había ocurrido la primera vez, Lucas no contestó.

—Chico, ¿estás sordo? —Tomás no quería preocupar a las chicas.

Una vez más, no hubo respuesta.

Los demás intercambiaron una mirada preocupada y se acercaron a él.

—¡Lucas! ¡Lucas! —llamó Marta sacudiéndolo por el hombro. Esta vez, su novio reaccionó y enfocó la vista. Los miró con un gesto atribulado mezcla de extrañeza y sorpresa.

—¿Qué pasa? —dijo a la defensiva.

—Te hemos estado hablando y no respondías —le explicó Ana.

Lucas frunció el ceño.

—No me he dado cuenta.

—Pues te hemos llamado varias veces, chico —añadió Tomás.

Marta lo miró preocupada y le cogió la mano con ternura.

—¿Seguro que te encuentras bien, cariño?

Lucas miró a su alrededor como si buscara algo y no lo encontrara. Su mirada se detuvo un instante en un punto de la maleza envuelta en niebla y volvió a ladear la cabeza, como si se concentrara en escuchar algún sonido lejano. Después, cerró los ojos como si quisiera despejarse y miró de nuevo a Marta.

—Estoy bien. Sólo me he distraído un poco.

Marta puso una mano sobre su frente con actitud maternal.

—¡Tienes fiebre! —dijo, alarmada —. ¡Estás ardiendo! No me extraña que estés tan raro...

Lucas no dijo palabra, pero todos se volvieron hacia Tomás.

—Voy a por el botiquín —dijo.

Cuando regresó, traía consigo un paquete bien apretado en el que había vendas, tiritas, algodón, alcohol, un termómetro y varios medicamentos. Todo cuanto se necesitaba para una excursión segura. Después de que Lucas usara el termómetro, Tomás le ofreció un par de aspirinas para que le bajara la fiebre.

—Con esto aguantarás hasta mañana —le dijo—. Te despertarás como nuevo. Si te sientes peor durante la noche, no dudes en decírmelo y avisaremos por walkie para que vengan a buscarnos.

—No os preocupéis —dijo Lucas—. Estoy bien. Sólo necesito dormir un rato.

Marta lo acompañó a su tienda y se quedó con él.

Ana y Tomás se quedaron despiertos un rato más, conversando sobre la mala suerte de Lucas y lo extraño que había sido su comportamiento. Antes de retirarse a dormir, apagaron el fuego y aguzaron el oído al pasar ante la tienda de los otros para asegurarse de que todo seguía en orden.

* * *

Tomás se despertó nada más oír que se abría el cierre de su tienda y se incorporó con rapidez. A su lado, oyó que Ana se movía en sueños, pero focalizó su atención en la entrada. Presentía que ocurría algo extraño. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio una sombra adentrándose en su tienda con sigilo. Con cada paso que daba, su silueta se iba definiendo más y más, formando una figura monstruosa que clavaba en él su mirada de ojos demoníacos. Iba a matarlo. Lo sabía. O quizá a hacerle algo peor que la muerte.

Aquel ser dio un nuevo paso hacia él y Tomás extendió un brazo para proteger a Ana mientras notaba el corazón latir con tanta fuerza que parecía querer salirse de su pecho. Cuando la criatura estiró la mano hacia él, sus ojos brillaron con una maldad como nunca antes había visto. Tomás cerró los ojos porque no soportaba mirar aquellos pozos de oscuridad. Quiso gritar cuando aquella mano apretó su cuello, pero no podía...

* * *

Tomás despertó sudoroso. Miró a su alrededor para asegurarse de que en la tienda no había nadie más que Ana y él. Cuando lo comprobó, suspiró aliviado. Sólo había sido una pesadilla. Respiró varias veces tratando de calmar el ritmo acelerado de su corazón y miró a Ana, que se volvió hacia el otro costado, todavía dormida.

«Ese estúpido fraile y sus estúpidos cuentos de viejas», maldijo mentalmente. «Entre sus ridículas supersticiones y la gripe de Lucas me van a volver loco».

Mientras pensaba esto, le pareció oír algo en el campamento y aguzó el oído. No pudo evitar pensar en la criatura de su pesadilla, pero descartó esa posibilidad de inmediato. Era demasiado empírico como para creer en esas cosas. Sería algún animal. Quizá un jabalí. De ser así, lo mejor sería no molestarlo porque podría ser peligroso.

Pero entonces escuchó el sonido con más claridad. Eran pasos, pasos humanos que se aproximaban a su tienda. Con el corazón en un puño, escuchó cómo alguien manipulaba la cremallera de su tienda desde el exterior. Parecía torpe, como si no encontrara el enganche para tirar.

Tomás buscó la linterna a su alrededor. Siempre la dejaba a mano cuando acampaba por si debía levantarse de forma repentina. Cuando la localizó, la encendió y apuntó con el haz de luz hacia la entrada, por donde ya asomaba una cabeza despeinada que miraba en su dirección.

Por un instante, Tomás creyó que volvía a ver aquellos ojos llenos de maldad, pero sólo era Marta. La chica parpadeó varias veces por el impacto repentino de la luz y arrugó la cara en un gesto de desagrado.

—Baja la linterna, no veo nada...

Tomás obedeció y apuntó hacia el suelo.

—¿Qué pasa? —le preguntó—. ¿Lucas ha empeorado?

De inmediato, el rostro de Marta adoptó una expresión preocupada.

—¿No está aquí?

Junto a ellos, Ana gruñó por lo bajo y se desperezó.

—¿Qué pasa a estas horas? —dijo—. No se habrá puesto peor Lucas, ¿no?

—Ha desaparecido —dijo Marta con voz angustiada—. Pensé que quizá estaría aquí, pero no está...

Marta empezó a gimotear y Ana la atrajo hacia sí para calmarla a tiempo que miraba a Tomás como si esperara instrucciones.

—¿Quieres decir que no está en vuestra tienda? —dijo Tomás—. Si es eso, no te preocupes. Seguro que sólo ha salido a mear.

—Eso mismo pensé yo cuando me desperté y vi que no estaba —explicó Marta, preocupada—. Lo he esperado durante un buen rato y no regresa. He mirado en el campamento, pero no se ve nada con la niebla. Así que después pensé que quizá se había equivocado de tienda al regresar y había entrado a la vuestra... Ni siquiera sé cuánto tiempo lleva fuera. ¡Se ha perdido!

—Tranquila, tranquila... Seguro que está bien —trató de calmarla Tomás mientras Ana le acariciaba la cabeza—. A lo mejor le ha entrado un apretón y por eso está tardando más de la cuenta.

—Llevo esperando mucho rato —protestó ella—. Es imposible que sea eso. ¡Se ha perdido!

Tomás se puso en pie y rebuscó en su mochila hasta encontrar la cuerda. Se la ató a la cintura y le tendió el otro extremo a Ana y Marta.

—De acuerdo —dijo al tiempo que cogía también el mapa y el walkie—. Vamos a salir a buscarlo. Quizá se haya desorientado un poco con la niebla. Pero si lo pillamos cagando, será culpa tuya...

Marta sonrió entre lágrimas y tomó la cuerda que le ofrecía su hermana, que ya se la había atado alrededor de la cintura.

—¿Para qué es? —le preguntó.

—Dices que hay mucha niebla, ¿no? —inquirió Tomás—. Así nos aseguraremos de que no nos alejamos demasiado unos de otros.

Antes de salir del campamento, Tomás encendió el fuego para asegurarse de que encontrarían las tiendas con facilidad.

Sin más preámbulos, el grupo se adentró en la maleza. La luz de sus linternas apenas era capaz de atravesar aquella niebla tan espesa unos pocos metros antes de perderse en una oscuridad nebulosa y grisácea.

* * *

—¡Lucaaas! —gritó Marta una vez más, desafiando el graznido de los pájaros nocturnos que pululaban sobre sus cabezas.

Su voz estaba ronca después de tanto tiempo buscando. Tomás y Ana hacía tiempo que ya no llamaban a su amigo. Llevaban más de dos horas buscándolo. Habían revisado palmo a palmo el perímetro del campamento en unos cuatro kilómetros a la redonda y no habían hallado ni rastro de él.

Ana y Tomás habían intentado convencer a Marta de que volvieran al campamento, pero la muchacha se resistía a dejar la búsqueda. La luz de una de las linternas empezaba a flaquear y Tomás se maldijo por no haber tenido la previsión de echarse un paquete de pilas en el bolsillo.

—Marta, tenemos que volver al campamento —dijo—. No lo vamos a encontrar.
La joven lo ignoró y siguió llamando a voces al desaparecido.

—Marta, hay que volver —repitió Tomás.

Ella volvió a ignorarlo. Ana lo miró entre asustada por la situación y preocupada por el nerviosismo de su hermana.

—¡Marta! —gritó Tomás. Su tono era áspero.

La chica echó a andar a paso más rápido y la cuerda que los unía se tensó, impidiéndole avanzar más. Ana se mantuvo quieta junto a Tomás mientras Marta seguía llamando a Lucas con la voz tan ronca que apenas se le entendía. Su intento de seguir avanzando era patético. Trataba de tirar de la cuerda, para que los otros la siguieran, pero acabó resbalando con una piedra y cayó al suelo entre lágrimas.

—¡Tenemos que encontrarlo! —murmuró—. ¡Tenemos que encontrarlo!

Ana y Tomás acudieron en su auxilio y la ayudaron a levantarse. La joven se abrazó a su hermana llorando y a Tomás le dio la sensación de que su cuerpo se rompería con los sollozos más fuertes.

Ana le acarició el pelo y la abrazó hasta que su llanto se redujo a una respiración entrecortada.

—¿Estás mejor? —le preguntó Ana con dulzura.

Marta asintió con debilidad.

Tomás se dio cuenta de que debían actuar cuanto antes, ya que en cualquier momento, Marta podría sufrir otro ataque de histeria.

—Seguro que nos estamos preocupando por nada —dijo—. Lo más probable es que hayamos empezado a buscar por el lugar equivocado y que Lucas haya vuelto al campamento justo cuando nosotros salíamos. Es lo que suele pasar. En cuanto lleguemos, nos lo encontraremos roncando a pierna suelta... Eso sí, pienso darle una buena patada en el culo por haber montado este lío.

Tomás quería mantener el sentido del humor para que no decayera el ánimo del grupo, pero su esfuerzo fue en vano. Nadie tenía ganas de reír.

Volvieron al campamento en silencio. De vez en cuando, Marta volvía a gritar el nombre de Lucas, por si acaso, pero nadie le respondió. A su alrededor, el ulular de los búhos y los graznidos de los cuervos se fueron apoderando del ambiente.
Tomás revisaba el mapa a cada instante para asegurarse de que iban en la dirección correcta. Al llegar a la zona de acampada, vieron que del fuego que habían hecho antes de salir ya sólo quedaban los rescoldos. Era la prueba evidente de que Lucas no había regresado. Aún así, Marta revisó las dos tiendas, desesperada.

—¡No está! —dijo al salir de la última. De nuevo, estaba al borde de un ataque de ansiedad—. Tendríamos que haberle hecho caso al monje. La Moreneta lloraba de verdad. ¡Es culpa tuya, Tomás!

Ana tuvo que cogerla por los brazos porque había echado a andar a pasos agigantados hacia él y parecía dispuesta a golpearle.

Tomás agachó la cabeza. Se sentía culpable por haberlos llevado a la acampada, pero le parecía que los reproches de Marta no tenían una base sólida. Que la talla llorara y que el monje les hubiera advertido que no fueran no era más que una casualidad. Probablemente el viejo hacía el mismo numerito con todos los excursionistas.

Lucas había sido tan imbécil como para salir a mear sin avisar a nadie ni llevarse una linterna, se había desorientado con la niebla y no sabía cómo volver. Probablemente, se había alejado aún más del perímetro que habían revisado ellos y por eso no habían dado con él.

—Voy a avisar por walkie —anunció.

—¡No vamos a salir a buscarlo? —exclamó Marta, indignada. Su voz estaba ya tan ronca que casi parecía el graznido de un ave.

Ana se acercó de nuevo a ella y le acarició el pelo.

—Es lo mejor. Cuanta más gente lo busque, antes aparecerá —le dijo.

—Pero, ¿vamos a quedarnos aquí parados, sin hacer nada?

—No vamos a estar sin hacer nada —le respondió Tomás—. Vamos a avisar a los profesionales y vamos a esperar aquí. La noche es cada vez más fría y no podemos buscar en un perímetro más amplio porque nos desorientaríamos incluso llevando un mapa. Ya has visto la niebla: es más espesa con cada hora que pasa. Ya ha sido imprudente que hayamos salido a buscarlo antes. No voy a permitir que nadie más se pierda esta noche.

Marta siguió protestando, pero Tomás no le hizo ni caso. Sacó el walkie y lo manipuló tratando de encontrar una línea de comunicación. Para su sorpresa, el aparato permaneció mudo. Volvió a intentarlo y sólo consiguió sacarle un sonido desagradable. Probó varias veces más. Era imposible que hubieran desaparecido los canales. Pero sólo obtenía el silencio.

—¿Qué pasa? —le preguntó Ana, con tono preocupado.

Tomás se volvió hacia ella con gesto desconcertado.

—No lo sé. El walkie no funciona. He comprobado la batería y está todo correcto, pero no da señal cuando trato de localizar un canal de comunicación. Es como si no hubiera ninguno.

—¿Estamos perdidos? —preguntó Marta. De nuevo, su voz había adquirido un tono desquiciado.

—No estamos perdidos —aclaró Tomás—. Sé perfectamente dónde estamos, pero el walkie no funciona. Volveré a intentarlo dentro de unos minutos.

—Pero, ¿no vamos a buscar a Lucas?—se quejó de nuevo Marta.

Ana le rodeó los hombros con el brazo para consolarla y la condujo hacia el fuego. Tomás había vuelto a reavivarlo nada más llegar.

—Es peligroso, Marta —le dijo—. No podemos alejarnos demasiado durante la noche. Ya has oído lo que ha dicho Tomás: podríamos desorientarnos y entonces sería mucho peor.

La joven asintió y se sentó en el suelo con mansedumbre. Volvía a llorar, pero esta vez de una forma más tranquila. Comenzaba a asimilar la situación.

Un rato más tarde, Tomás volvió a probar suerte con el walkie, pero no la hubo. Aquel telefonillo lo había acompañado en numerosas excursiones y nunca lo había defraudado. Lo que estaba sucediendo era todo un misterio.

* * *

El ánimo estaba cada vez peor. Había pasado al menos una hora y Lucas seguía sin aparecer y el walkie sin funcionar. Marta había perdido la calma una vez más y Tomás le había gritado. Desde entonces, la muchacha había permanecido en silencio, sollozando al principio y con expresión seria y concentrada después.

Ana había intentado un acercamiento, pero la muchacha la había ignorado. Tomás también se había disculpado, pero ella no se había dignado a mirarlo siquiera. Al final, Ana se había acercado a él y Tomás le había rodeado los hombros para consolarla.

—¿Qué vamos a hacer? —le había preguntado ella en un susurro.

—La única opción que nos queda es esperar a que amanezca para bajar a la abadía y pedir ayuda desde ahí. Entonces, la policía organizará una búsqueda más amplia y encontraremos a Lucas. De momento, no podemos hacer nada más.

Ana se apretó más contra él y Tomás la abrazó con fuerza y le besó la frente. Al otro lado del fuego, Marta seguía con la mirada fija en el fuego. Su expresión no había cambiado desde que había discutido con Tomás.

De pronto, como si la moviera un resorte, se levantó de golpe con los ojos entornados y la cabeza ladeada, como si se esforzara por escuchar algo que sólo ella podía oír.

—¿Estás bien, Marta? —preguntó Ana.

La joven no respondió de inmediato. De hecho, parecía que no la había escuchado.

Entonces, en su rostro se dibujó una sonrisa al tiempo que daba un saltito de alegría con la mirada concentrada en un punto entre los árboles.

—¡Es él! —exclamó—. ¡Es Lucas! ¡Me está llamando! Está cerca...

Antes de que los otros pudieran impedírselo, la joven salió corriendo del campamento, gritando el nombre de su novio. Atravesó la primera fila de árboles y se fundió con la niebla.


Tomás y Ana cruzaron una rápida mirada y se levantaron a toda prisa para seguirla. Sólo tuvieron tiempo de coger la cuerda y una linterna antes de salir corriendo tras ella.




Espero que esta segunda parte os esté gustando tanto o más que la primera. Si notáis que hay algunos errores de estilo, espero que podáis disculparlos, ya que acabo de terminar de redactarla, y me los indiquéis si queréis, aunque pienso revisala a lo largo de la semana. ¡Parece que este relato está maldito y no quiere que lo escriba! Voy a tener que hacer un pacto con el demonio o algo así para terminarlo, ja, ja, ja.

La semana que viene colgaré el pdf descargable para los que queráis tener el relato completo a vuestra disposición para una lectura más tranquila.

¡No olvidéis dejar vuestro comentario, que ya sabéis que me encanta leer vuestros consejos! Y tampoco olvidéis darle a al botón azul de seguidores del blog o al de Google +, que está colocados arriba, a la derecha. Cada semana recibo muchas visitas y, sin embargo, el número de seguidores crece con mucha lentitud. No sé si es que la gente lee un relato y se va o si se trata de personas asiduas que prefieren estar en el anonimato y por eso ni comentan ni le dan a seguir, pero me gustaría tener un mínimo control para conocer al público en general, además de los comentaristas habituales.

Dicho esto, un abrazo y hasta la próxima semana.

¡Que tengáis dulces pesadillas!

8 comentarios:

  1. Hola Noemí
    Vale, un tramo largo de lectura, pero que, gracias a la tensión que imprimes, se lee con avidez, deseando conocer el desenlace de los tres jóvenes (perdón, de los cuatro, no me acordaba de Lucas, ja, ja) Bien manejado el momento "cuerda" y muy acertados esos toques de humor negro de Tomás que relajan brevemente la tensión para luego retomarla con más intensidad. También me parece muy lograda la ambientación, con el paisaje abrupto, la niebla, etc.
    Bueno una cosa: Hay un párrafo en el que cuentas cómo tomás cree ver a un horrible monstruo que abre la cremallera de la tienda, avanza lentamente haciéndose más nítida su silueta a cada paso... Pero, ¿Qué tamaño tiene esa tienda de campaña?, ja, ja. Bueno, luego ya leí que se trataba de una pesadilla, así que deduje que, en su terror nocturno, Tomás hacía inmenso el pequeño espacio interior.
    Me ha gustado bastante y, la verdad, aún teniendo en cuenta el principio dónde Tomás aparece de nuevo solo en el monasterio, la verdad es que estoy muy intrigado con lo que va a pasar en esa montaña... ¿Será verdad lo de la maldición?
    Un beso grande, Noemí

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    1. ¡Hola, Isidoro! Me alegro de que te vaya gustando. En cuanto a lo de la pesadilla, dudé mucho sobre si ponía o no lo de los pasos del monstruo, ja, ja, ja. Decidí dejar esa expresión precisamente para que el lector pensara "esto me choca" y pudiera meterse en el ambiente onírico de la pesadilla. Como experta en pesadillas (he sufrido muchísimas de pequeña y las sigo sufriendo ahora), el espacio en los sueños suele discrepar con el real. A veces, por ejemplo, soñamos que corremos en un espacio pequeño y que no avanzamos o que los espacios pequeños de pronto parecen inmensos, por poner un par de ejemplos. A veces ocurre incluso cuando te acabas de despertar de una pesadilla. A mí nada me parecía más aterrador de pequeña que el pasillo que separaba mi habitación de la de mis padres cuando acababa de despertar de una pesadilla. Se me hacía eterno y, desde la cama, parecía aumentar conforme lo miraba. Siempre necesitaba reunir mucho valor para atreverme a cruzarlo.
      De todas formas, si la semana que viene, cuando lo relea, me choca demasiado (ahora tengo el texto demasiado reciente como para ser objetiva), lo editaré. ¡Muchas gracias por comentarme ese fallito!
      Ya veremos lo que pasa con la maldición la semana que viene, ja, ja, ja.
      ¡Un abrazote!

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    2. Hola de nuevo
      Conste que no lo veo como fallo porque, como te dije, al entender que se trataba de una pesadilla, lo vi tal como tú lo explicas en tu comentario, sólo que me pareció chocante, y me hizo gracia, porque fue lo que inmediatamente pensé.
      Entiendo muy bien lo del pasillo. Cuando yo dormía en la casa de mis padres, en una aldea de Lugo, tenía muchas de esas sensaciones sobre "espacios oníricos"... Todavía hoy, si estoy solo en aquella casa, brrrr, voy encendiendo todas las luces para irme a la cama, nada de ir a oscuras... Guárdame el secreto, vale
      Un fuerte abrazo

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    3. ¡Ufff! ¡Qué miedo! A mí también me pasaba lo mismo. Y no te preocupes: ¡secreto guardado! Ja, ja,ja.
      Si se entiendo bien lo de los pasos una vez que se descubre que es un sueño, entonces lo dejo. Es que temía que fuera demasiado exagerado, ja, ja, ja. ¡Gracias por sacarme de dudas!.
      ¡Un abrazote, compi!

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  2. Buena continuación, niebla, noche, el bosque aterrador, pesadillas... y un fantástico continuará en toda regla. A nivel formal revisaría el tamaño de la letra a mitad de relato se hace más chiquitina y uno tiene la vista del ojo, solo veo con uno, un tanto debilucha. ¡A ver cómo acaba! Un abrazo

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    1. Revisaré el tema de las fuentes en cuanto coja el ordenador. No sé por qué pasa eso con los textos largos. Ya me ha pasado varias veces. El caso es que selecciono todo el texto para ponerlo al tamaño adecuado y luego sólo se efectúan los cambios en unos párrafos... Lo investigaré.
      Me alegro de que te vaya gustando el relato. Por cierto, qué faena tus problemas de visión, con lo que te gusta leer y escribir... Ojalá recuperes pronto la visión, en el caso de que sea posible.
      Un abrazote, amigo!

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  3. ¡Hola, amiga!
    Una muy buena continuación a lo "Bruja de Blair", me ha gustado mucho, ¡espero impaciente el final!
    Fallos no le veo ninguno, pero si quieres un consejo que puede hacer que parezca más profesional, puedes añadir algo de las llaves mosquetón o las vias de escalada en el segundo párrafo, pero vamos, solo si le quieres dar ese toque un poquito más profesional, porque lo que pones de las cuerdas y los pies de gato ya esta bien.
    ¡Un besote!

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    1. Claro que quiero tus consejos! Gracias por ofrecerme esos detalles. Fíjate el otro día hablando de alpinismo y se me olvidó preguntarte por el material!!! Menuda cabecita tengo...
      Me alegro de que te vaya gustando.
      Un abrazote!

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